viernes, 24 de octubre de 2014

Después

Después

Es otra
acaso es otra
la que va recobrando
su pelo su vestido su manera
la que ahora retoma
su vertical
su peso
y después de sesiones lujuriosas y tiernas
se sale por la puerta entera y pura
y no busca saber
no necesita
y no quiere saber
nada de nadie

Idea Vilariño

sábado, 20 de septiembre de 2014

Librar al Corazón

La Belleza

Enemigo de la guerra
y su reverso la medalla
no propuse otra batalla
que librar al corazón
de ponerse cuerpo a tierra
bajo el peso de una historia
que iba a alzar hasta la gloria
el poder de la razón
y ahora que ya no hay trincheras
el combate es la escalera
y el que trepe a lo más alto
pondrá a salvo su cabeza
Aunque se hunda en el asfalto
la belleza...

Míralos como reptiles
al acecho de la presa
negociando en cada mesa
maquillajes de ocasión
siguen todos los raíles
que conduzcan a la cumbre
locos porque nos deslumbre
su parásita ambición
Antes iban de profetas
y ahora el éxito es su meta
mercaderes, traficantes.
más que náuseas dan tristeza
no rozaron ni un instante
la belleza...

Y me hablaron de futuros
fraternales, solidarios
donde todo lo falsario
acabaría en el pilón
y ahora que se cae el muro
ya no somos tan iguales
tanto vendes tanto vales
¡viva la revolución!
Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
la belleza...

Luis Eduardo Aute
(Letra y música)

lunes, 1 de septiembre de 2014

Tangible o Intangible Amor

Amo:
El lomo de mi perra que acaricia mi mano
La llave abriendo la cerradura de mi casa
La espuma de la cerveza en la comisura de mis labios
El agua del río cuando llega hasta mi cintura
Tu mirada buscando mis ojos
El césped mullido que sostiene a mi espalda
Mis pies contra la arena mojada del mar
La voz de mi madre cuando me llama



y también:
Una foto de tu sonrisa, allá lejos y hace algún tiempo
La canción que suena y me trae... casi todo
La pintura, el pintor y el arte
Una caminata por ese barrio, por el otro y por el de hoy
El aroma que sale de un libro cuando lo abro
El aire en la cara cuando ando en bicicleta
El olor a eucaliptus en las caminatas
La oscuridad del cine y la película comenzando

(seguro agregaré más)

Diana V.






martes, 26 de agosto de 2014

100 horas, 100 días, 100 años

Tu más  Profunda Piel


    Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

    No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

    Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.
......
......
  En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.


Julio. (quién más)

martes, 29 de julio de 2014

He aquí lo que sucede

He aquí lo que sucede:
es el once de octubre en la mañana,
1951, en México.
Frío y sol, pero frío
en viento, agudo, alegre. Frío
por todas partes.
En un tercer piso de la calle Cuba
vivimos varias gentes
de las que el más importante, ahora, soy yo.
Yo soy.
Yo estoy tirado en mi cama
y yo escribo esto.
Yo escucho en el piano del radio
un anuncio de Beethoven.
Yo tomo un café y escucho
también motocicletas y camiones
y martillos y gentes.
Yo estoy alegre.
Supe, hace rato, que estaba alegre
porque me puse a cantar
y a decirle al locutor que era un tonto
y a la vida que era estupenda.
Me alegraron unos cieguitos del piso de abajo
que tenían una guitarra y cantaban.
Me alegró una morena preñada que barría y cantaba.
Me alegró doña Lucita asoleándose.
Me alegraron los que andaban en la calle
temblando de frío, y me alegró una muchacha
en un balcón de enfrente coqueteando y temblando.
Yo pienso muchas cosas y recuerdo y asocio.
El frío me ha hecho místico y alegre.
Quizás el sol en el frío.
Quiero hablar del frío:
El frío es bueno para tomar café,
para acostarse,
para hacer el amor,
para que nos digan "tienes las manos frías",
para fumar y para no salir del cuarto.
Para todo lo demás es malo el frío.
Yo estoy alegre y soy bueno
y me perdono y los perdono a ustedes,
y me río de ser tan padre ahora.
Yo saldría a la calle a abrazar a todos
si no hiciera tanto frío.
Les diría: "Hijos míos, padres míos,
no sean tontos, no vayan a ninguna parte,
no se preocupen. Hace frío.
¿Qué tienen ustedes sino este frío?

¡Salud por los que están tomando el sol o una copa
para calentarse!
¡Por los alegres y los que quieren estar alegres!
¡Yo saludo a los becerros prendidos de las ubres,
a los pájaros que no salen del nido,
a las mujeres que se están entregando,
a los sabios, a los combatientes del frío!
Yo no quiero ofrecerles un poema,
yo quiero darles un vaso de leche caliente

 a cada uno.

Jaime Sabines 

miércoles, 25 de junio de 2014

Cada Tren

Cada viaje, cada tren 
vá con el cielo que viaja en las vías
y el cielo en una nube que vá al infinito.

El infinito lleva un sueño
y el sueño lleva calles.
Una calle vive por acá
y a la otra la atraviesa  una esquina de allá.

Cada vez es la primera vez
........................................
y no es la última?

Como cuando estuve en tu almohada
pero no en tus sueños,
como estoy en éstas ropas
pero no en tu memoria.

Estoy desnuda
sin estar desvestida.

Ya ves, el sueño no llega
la nube se fue al infinito
la atravesó la calle, el viaje, el tren y tu piel.

Diana V.




miércoles, 18 de junio de 2014

Diferentes

Estamos formados por jirones de múltiples colores, unidos entre sí de una manera tan libre,
 tan floja, que cada uno ondea a cada instante a su voluntad.
Y son tantas las diferencias que hay entre nosotros y nosotros mismos
 como las que hay entre nosotros y los otros.

Michel De Montaigne
Essais -  Segundo libro